¿Le desconcierta la actual pérdida de valores?

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“¿CUÁL es el problema más grave de la nación?” Para muchos, lo más inquietante resulta ser la crisis que atraviesan la familia y la moral. Y no son los únicos en opinar así.
Por ejemplo, el diario parisino International Herald Tribune comentó: “Existe un claro anhelo, sobre todo entre la juventud, de algún tipo de visión unificadora, un conjunto de ideales reconocidos con el que hacer frente y poner coto al avance de la codicia, el egoísmo y la insolidaridad, que parecen adueñarse del mundo. […] El creciente debate sobre la necesidad de una ética mundial constituye una admisión de que falta algo”.
¿Cree usted que los gobernantes y otros líderes mundiales —incluidos los magnates de los negocios— tienen los valores necesarios para conducirnos a un futuro más feliz y seguro? ¿O se siente desconcertado, al menos hasta cierto grado, debido al actual cambio de los valores?
Una causa de gran inquietud es la seguridad personal. ¿Reside usted en una zona donde puede dejar la puerta de casa sin llave? ¿Se siente tranquilo caminando por su vecindario de noche? Aun si tiene la dicha de vivir en un sector libre de guerras, problemas étnicos y sangrientas luchas pandilleras, quizá tenga miedo a los ataques, allanamientos y asaltos u otros robos, circunstancias que, como es lógico, generan angustia y desconcierto.
Además, tal vez haya perdido —siquiera en cierta medida— la confianza en sus semejantes al ver en sus relaciones laborales y privadas que cada vez hay más personas dispuestas a hacerle daño con tal de favorecer sus propios intereses, aunque solo sea un poco.
El gobierno debe dar el ejemplo
En el transcurso de la historia se ha reconocido el estrecho vínculo existente entre los valores de la ciudadanía y los que manifiesta el gobierno. Antes de ser presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge hizo este comentario: “Aunque el hombre habla de derechos naturales, desafío a cualquiera a demostrar que en algún rincón del mundo natural han existido o se han reconocido derechos antes de haberlos declarado y protegido mediante la promulgación del correspondiente cuerpo de leyes”.
En última instancia, es el gobierno —con independencia de los medios por los que llegó al poder— el que puede promover o limitar derechos civiles como los que garantizan que el ciudadano disfrutará de libertad de prensa, reunión, culto y libre expresión, que no será detenido ilegalmente ni acosado y que siempre recibirá un juicio imparcial.
Cuando aún no era presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln dijo: “El objetivo legítimo del gobierno es realizar para una comunidad labores que esta necesita, pero cuyos miembros, por sí solos, no pueden llevar a cabo, o al menos no pueden hacerlas igual de bien”. Si una administración lucha por conseguir tan altas metas, el ciudadano suele confiar en ella.
Sin embargo, el cinismo y la sospecha parecen haber reemplazado a la confianza. En un reciente estudio efectuado en Estados Unidos, el 68% de los encuestados opinó que la ética del comportamiento de las autoridades federales dejaba bastante —o incluso mucho— que desear. En numerosos países, la opinión pública sobre los funcionarios se ha visto afectada por escándalos de soborno y corrupción en las más altas esferas. Es comprensible que cada vez haya más desconcierto entre la población.
El buen ejemplo del rey Salomón
Hay un ejemplo de la antigüedad que ilustra cuánta influencia pueden tener los valores de los gobernantes. El rey Salomón ejerció su dominio sobre las doce tribus de Israel entre los años 1037 y 998 antes de la era común. Su padre, David, fue uno de los reyes más importantes de la nación y, según indica la Biblia, se destacó por su amor a la verdad y la justicia, y, sobre todo, por su confianza absoluta en Dios, valores que luego transmitió a su hijo Salomón.
El Todopoderoso se apareció a Salomón en un sueño y le dijo: “¡Pide! ¿Qué quieres que te dé?” (2 Crónicas 1:7). En vez de solicitarle grandes riquezas, gloria personal o triunfos políticos, Salomón manifestó cuáles eran los valores que apreciaba al pedir un corazón sabio, entendido y obediente que le permitiera gobernar bien a la nación de Israel.
¿Qué efecto tuvo en sus súbditos su reinado? Durante todo el tiempo en que Salomón se mantuvo fiel a los valores espirituales de la nación, Dios le otorgó sabiduría, gloria y riquezas, lo que dio pie a una prosperidad material atestiguada por la arqueología. El libro The Archaeology of the Land of Israel (Arqueología de la tierra de Israel) señala: “Gracias al floreciente comercio y a las riquezas que llegaban a la corte desde los cuatro puntos cardinales, […] se produjo en poco tiempo una gran revolución que incidió en todo aspecto del desarrollo material”.
Ciertamente, la buena administración de este rey se tradujo en paz, seguridad y felicidad para su pueblo. “Judá e Israel continuaron morando en seguridad, cada uno debajo de su propia vid y debajo de su propia higuera, desde Dan hasta Beersheba, todos los días de Salomón.” (1 Reyes 4:20, 25.)
El mal ejemplo del rey Salomón
Por desgracia, este monarca cayó en el mismo error que muchos líderes de la actualidad: fue cambiando sus valores. La Biblia dice que “llegó a tener setecientas esposas, princesas, y trescientas concubinas; y poco a poco sus esposas le inclinaron el corazón. Y al tiempo en que envejeció Salomón aconteció que sus esposas mismas habían inclinado el corazón de él a seguir a otros dioses falsos; y su corazón no resultó completo para con YaHWeH su Dios como lo fue el corazón de David su padre” (1 Reyes 11:3, 4).
¿Qué efecto tuvo en sus súbditos aquel cambio de valores? Pese a ser un monarca capaz y sabio, se volvió un tirano al final de su reinado. A fin de sufragar los grandes gastos de su administración, impuso a la economía del país una pesada carga. Propició así el descontento general de los trabajadores y la oposición de rivales que intentaron suplantarlo en el trono. De este modo provocó la pérdida de la cohesión nacional e, irónicamente, demostró la veracidad de sus propias palabras: “Cuando los justos llegan a ser muchos, el pueblo se regocija; pero cuando alguien malvado gobierna, el pueblo suspira” (Proverbios 29:2).
Poco después de morir Salomón, la agitación política y la desconfianza ocasionaron la división del país y dieron paso a un período de dificultades, desunión y decadencia. La nación se hundió en el desconcierto. El gobierno había cambiado sus valores y se había olvidado de los intereses del pueblo. El error radicaba en que los dirigentes habían prescindido del Altísimo y sus leyes. Como consecuencia, toda la nación resultó perjudicada.
La actual generalización de la desconfianza
En los círculos políticos, comerciales y religiosos no es frecuente que impere la preocupación por mantener altos valores, lo que fomenta la desorientación entre la ciudadanía. Cada vez hay más políticos y otros líderes incapaces de solucionar los problemas básicos de su país.
Por ejemplo, no logran poner freno a la guerra, al alza de los costos de la salud pública, al narcotráfico y sus lacras ni a la crisis del sistema educativo. Hay gobiernos que hasta patrocinan los juegos de azar, como la lotería y la bolita, ambas prácticas condenadas en la Biblia. Y muchas figuras del comercio y la religión provocan grandes decepciones por su corrupción e inmoralidad. No es de extrañar que se generalice la desconfianza en la integridad de los dirigentes.
¿Será posible que algún gobierno logre salvaguardar y promover los derechos y valores humanos más esenciales? Ciertamente lo es.
Descubra cuál es ese gobierno en nuestro próximo artículo mañana.

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